Nuevo proyecto: CABITOS 51

28 de enero de 2013
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Me había jurado y perjurado que no me dejaría arrastrar de nuevo por la temática del conflicto armado. Ahora sé que eso no es posible.

Despierto con la ilusión del niño que está a punto de volver al colegio tras unas largas vacaciones. Aunque en lugar de preparar mis cuadernos, libros y lápices con olor a nuevo, saco de su letargo las cámaras y el resto de accesorios para volver a filmar.

Como planeado, me encuentro con J. en el centro y de ahí tomamos un bus hacia la zona del aeropuerto. Nos dirigimos a la Hoyada de Cabitos. Lugar del que había oído hablar en muchas ocasiones y cabo suelto de mi anterior paso por aquí. Por los testimonios que había escuchado de este lugar, había imaginado que allí me encontraría algo más, alguna construcción, alambrada o torre de vigilancia que recordara lo ocurrido. Sí que hay una cruz en memoria de los desaparecidos, pero poco más. En realidad, se trata de una explanada repleta de fosas que están siendo engullidas por matorrales, chumberas y cardos. Y el día de hoy ha sido un primer reconocimiento de este campo de exterminio, donde por momentos me cuesta creer lo sucedido.

Nos abrimos paso entre los matorrales. Voy filmando casi por reflejo para no tropezar y caer dentro de las fosas – al pasar por encima de ellas, no puedo dejar de visualizar las fotos que me mostró O. de esqueletos con la ropa aún puesta y con las cabezas taladradas por impactos de balas. Mientras tanto, J. me va relatando lo sucedido allí: como las fuerzas del “orden” arrestaban a los sospechosos de pertenecer a Sendero (para muchos militares – una buena parte de ellos venidos de Lima y de otros lugares de la costa – ser ayacuchano significaba automáticamente ser “terruco”), como los mantenían detenidos en el cuartel durante semanas o meses, los interrogaban y torturaban y finalmente los ejecutaban y enterraban en las fosas que los mismos detenidos habían cavado o quemaban sus cuerpos en la pequeña cámara de incineración donde hoy día aún se puede leer pintadas en rojo las siglas “EP” (Ejército Peruano).

Con las exhumaciones se han localizado algo más de cien cuerpos, aunque se sospecha que en Cabitos pudieron desaparecer hasta unas mil personas. No es fácil confirmar la cifra. Los restos de muchas personas no han podido ser hallados tras ser incinerados y muchas fosas nunca se hallarán. Tampoco se sabe a ciencia cierta a quienes llevaron y ejecutaron allí, puesto que traían detenidos de toda la región de Ayacucho, no sólo de la ciudad, y muchas veces les intercambiaban la ropa para dificultar su posterior reconocimiento. Y para complicar las exhumaciones aún más, muchas personas han ido invadiendo partes del terreno y han construido allí sus casas, aprovechando que las autoridades llevan años mirando hacia otro lado y haciendo caso omiso de las peticiones de los familiares de las víctimas de hacer respetar ese espacio de memoria.

Las señoras de ANFASEP, las madres de los desaparecidos de Ayacucho, llevan treinta años luchando por encontrar los restos de sus seres queridos y por que se juzgue a los mandos militares responsables de las torturas y ejecuciones cometidas en el Cuartel de Cabitos. Afortunadamente, el año pasado se iniciaron las primeras audiencias judiciales del caso y con un poco de suerte alguno de esos mandos será condenado. Aún así, las madres se preguntan cómo es posible que todavía no se declare este terreno como santuario de la memoria. ¿Cómo es que después de todo lo ocurrido aún no existe un verdadero lugar en Ayacucho donde los familiares puedan rendir tributo a sus deudos?

Tras mi visita al Museo de la Memoria el otro día, un flash de lucidez despertó en mí una certeza. Antes de regresar, me había jurado y perjurado que no me dejaría arrastrar de nuevo por la marea del conflicto armado, que no seguiría por esa línea y que trataría de liberarme de todo ese sufrimiento. Pero a medida que oía hablar a las madres de ANFASEP, me daba cuenta de que aquello no era posible. Teniendo mis pies de nuevo bien firmes en Ayacucho, siento que Las Huellas del Sendero no es un proyecto cerrado. No se trata simplemente de un documental finalizado que uno puede archivar en una estantería y pasar a otra cosa como si nada. Es un proyecto que sigue vivo y que contiene pedazos de vida. Esta terrible historia forma ya parte de mí, lo quiera o no, y no puedo desvincularme de ella así como así.

También me había jurado no sacar la cámara durante bastantes meses. A veces, traicionarse a uno mismo es inevitable, aunque también puede resultar placentero.

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