El terrible relato de V.

19 de febrero de 2013
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El testimonio de una superviviente nos traslada al infierno de Cabitos

El otro día, pensando en V. y en la historia que me contó sobre sus hermanos muertos durante el conflicto, se me vino a la mente la sospecha de que seguramente ella también tendría su historia personal del conflicto, en carne propia (“todos tienen su historia, no debo olvidarlo”, me repetía a mí mismo). Y así me lo ha hecho saber esta mañana.

Cuando le he comentado que durante mi último encuentro con él, C. me había dicho que había estado detenido en Cabitos, ella me respondió “ese C. es un mentiroso, él nunca ha estado en Cabitos”. Y, para mi gran asombro, ha empezado a contarme el relato de su propia detención allí:

Corría el año 93. Guzmán había firmado ya el acuerdo de paz con Fujimori. V. acaba de terminar sus estudios de derecho y estaba a punto de graduarse. Caminaba por Jirón S. (“odio esa calle”, recuerda) cuando una camioneta se detuvo a su altura, unos hombres bajaron y se la llevaron a la fuerza. Nadie supo de su arresto. Su familia se había exiliado a Lima y no tenía forma de avisarlos. Y ya tampoco tendría ocasión de graduarse.

Lo siguiente que supo es que se encontraba dentro de una celda atestada de gente del cuartel de Cabitos. Muchos de los detenidos estaban en los huesos. Apenas les daban de comer. Con el tiempo, uno de los soldados se apiadó de ellos y de vez en cuando les daba un poco de comida, e incluso les pasó la ollita que se encuentra hoy tras una vitrina en el Museo de la Memoria. También les avisaba cuando llegaban los mandos para que estuvieran en silencio. Aún así, vivían prácticamente a base de agua y ni siquiera la recibían a diario. V. recuerda como de vez en cuando algunos de los soldados se acercaban a la puerta de la celda y les preguntaban si tenían sed. Cuando los detenidos les respondían que sí, los soldados se bajaban la bragueta y les orinaban encima. Algunos de los detenidos llegaba incluso a beber, tal era su extremo estado de deshidratación.

Pese a que tenían prohibido hablar entre ellos, V. trabó amistad con una compañera de celda. Se hacía llamar Camarada Gabi. Según V. para los presos senderistas era más fácil sobrellevar aquella situación. Se refugiaban en su ideología y convicción, e incluso algunos habían sido adiestrados para enfrentarse a interrogatorios y torturas. V. no compartía esa ideología ni convicción. Y aún siente un escalofrío al recordar aquellas torturas y vejaciones. “Ni te las imaginas, para una mujer son siempre peores”. Aunque también recuerda como los soldados violaron a un joven senderista.

Algunas noches se producían apagones de luz. Los detenidos sabían que durante esos apagones sacaban a algunos de ellos. Y que luego nunca volvían. La camarada Gabi estaba embarazada. Se había quedado embarazada poco antes de ser detenida y su compañero había muerto en un enfrentamiento sin saber que esperaban un hijo. Gabi esperaba con ansiedad que su hijo naciera. Acariciándose el vientre, le hablaba apremiándole para que saliera. “Él debe sobrevivir”, le repetía a V. Cuando se acercaba ya a sus 9 meses de embarazo, se produjo uno de esos temibles apagones. Se abrió la puerta y en la oscuridad, V. escuchó a su amiga susurrarle “ya fui”.

Días más tarde, pudieron ver su cadáver. Su cuerpo estaba colgado, tenía el rostro desfigurado y cubierto de sangre y el vientre abierto en canal. Parte de sus intestinos le rodeaban el cuello. Uno de los detenidos senderistas no aguantó más y empezó a gritar: “¡Viva el Presidente Gonzalo! ¡Viva la guerra popular!”. Momentos más tarde el comandante le golpeaba la cara. El preso senderista le respondió con la misma moneda. “Firmó su sentencia de muerte”. Cuando los soldados se apresuraban a encargarse de él, el comandante les dijo que lo dejaran hacer a él. Empezó a golpearlo brutalmente y luego le clavó una daga. Incluso cuando su cuerpo yacía inerte contra la pared al lado de V., el comandante seguía golpeándolo en la cabeza. “Puedes olvidar muchas cosas en la vida, pero es imposible olvidar una escena así”, sentencia V.

V. recuerda también como durante ese tiempo el Estado promulgó la Ley de Arrepentimiento para aquellos que habían tomado parte en la subversión. Los arrepentidos tenían que presentarse ante la autoridad y fueron cientos los que fueron llevados a Cabitos. “Picaron el anzuelo”, se lamenta V. con tristeza. Los militares no respetaron aquella ley. Por la noche, sacaban a grupos de diez o quince senderistas y los ejecutaban.

Cuando llevaba seis meses arrestada (“Seis meses no es poco tiempo cuando estás en un lugar así”), llegó un nuevo comandante. V. le rogó que le permitiera hacer una llamada de teléfono. Se la concedieron. Dudó a quien llamar. Y decidió llamar al Decano de su facultad. Días más tarde, la sacaban de allí junto a varios de sus compañeros detenidos. Hoy día todavía se reúnen cada año para celebrar que consiguieron salir de allí.

Algunos años después, una responsable de la CVR quiso conocer su testimonio. Cuando V. le contó todo lo sucedido, la responsable le dijo que debía testificar, pero que debía omitir lo ocurrido a su amiga y a los arrepentidos senderistas. Incluso le llegó a decir: “Eran senderistas, ellos se lo buscaron”. V. se negó a dar su testimonio y todavía se pregunta cómo podría tratar de localizar a la familia de la chica para que sepan lo que le sucedió. Tan sólo sabe que venía de Cuzco, que ni ella ni su hijo sobrevivieron al infierno de Cabitos y que su nombre de guerra era “Camarada Gabi”.

Mientras camino por las calles de la ciudad, me doy cuenta de que durante todo el relato de V. he estado aferrando en mi mano una de las balas que recogí de una de las fosas cuando visité la Hoyada. Siento que esa bala que estaba destinada a ejecutar a alguien en Cabitos no sólo sigue estando cargada de pólvora. Todavía encierra todo el terror vivido allí.

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