Viaje al otro Arizona

07 de marzo de 2013
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Viajo al pueblo de Arizona para encontrarme con los familiares de unos desaparecidos en Cabitos

4:30. Suena el despertador. Una fuerte lluvia repiquetea sobre el tejado. Aún somnoliento, trato de recordar qué es lo que me lleva a despertarme a una hora tan intempestiva… Debo viajar a Arizona… El nombre de este lugar evoca lejanía. Aunque en realidad no viajo al estado norteamericano, sino a un pequeño pueblo a no demasiados kilómetros de Ayacucho por la Vía de los Libertadores, donde espero entrevistar a la familia de dos hermanos desaparecidos en el cuartel Los Cabitos.

Mientras camino bajo la lluvia y apenas iluminado por la mortecina luz de la avenida del Carmen Alto, recupero el cosquilleo de volver a filmar. Presiento que el documental está a punto de permitirme vivir de nuevo experiencias y encuentros que de otra manera seguramente no viviría. Pese a haber filmado ya algunos planos, siento que este día va a marcar un antes y un después en el rodaje de Cabitos 51 y que a partir de ahora entro en la verdadera esencia del documental.

Frente al colegio, los faros de un coche me envían destellos. Allí me espera S. con su mujer e hijo. S. es el hijo de uno de los dos hermanos detenidos en Arizona y posteriormente desaparecidos. Una vez el coche en marcha, se instala entre nosotros un ambiente de familiaridad. S. me cuenta que trabaja en una mina cerca de Cangallo y que acaba de llegar de vacaciones para ver a su mujer e hijo y visitar a su madre al pueblo. Pasado el Grifo Ayacucho recogemos a su tía R., la viuda del hermano desaparecido junto a su padre. Durante el trayecto no tocamos el tema de las desapariciones. Sé que el momento llegará más tarde. Menos de una hora después llegamos a Arizona, un pequeño pueblo en medio de la carretera que une Ayacucho con Lima.

La lluvia arrecia y corriendo bajamos por una cuesta embarrada hasta llegar a la casa de la madre de S. Una humilde casa de campo, con algunas vacas, una pequeña cocina de adobe donde la encontramos a ella y una segunda planta construida sobre tablas de madera que permiten entrever la planta de abajo. Mientras esperamos a que deje de llover, desayunamos en la penumbra de uno de los cuartos de arriba. De las vigas cuelgan cuyes despellejados. El olor es fuerte. Por momentos, me siento transportado al interior de una ger en la estepa de Mongolia. De hecho, instantes más tarde, se repite una escena que parece sacada de aquel viaje. En la televisión vemos unos videos de música folklórica y del carnaval de Ayacucho. Casi por reflejo, filmo las escenas del carnaval y a la tía R. hipnotizada por la televisión. La escena es prácticamente una réplica de los planos que filmé de una familia nómada viendo el festival de San Remo por televisión a orillas del lago Hurgan.

Cuando finalmente cesa la lluvia, bajamos para encontrarnos con la madre de S., que está ordeñando a las vacas. Luego en la cocina comienza a preparar cachipa con la leche aún humeante. Me dejo arrastrar por la belleza de esta escena, hasta que la tragedia del conflicto hace irrupción. No he necesitado decir nada esta vez. Al verme filmando, la tía R. me dice que me quiere contar la historia de la desaparición de su esposo. Y me pregunta si lo puede hacer en su “quechuita”. Momentos más tarde me encuentro frente a ella, filmando su sufrimiento y lágrimas, sintiendo que nuevamente la persona que tengo ante mí canaliza su dolor ante la cámara, que se libera de toda su tragedia compartiéndola conmigo, pese a que no sea más que un extranjero que a duras penas puede seguir el hilo de lo que me está contando. Me maldigo por no haber empezado todavía con mis clases de quechua. Y a partir de este momento, me adentro en la espiral del conflicto.

La tía R. y la madre de S. me conducen a su antigua casa, donde vivían cuando llegaron los militares al pueblo y que luego desalojaron tras un deslizamiento de tierra. De ahí, me llevan a conocer a la madre de R., quien empieza a hablarme espontáneamente de la desaparición de su yerno. Caminando por el arcén, R. me sigue contando la historia mientras me señala el campo donde solían trabajar su esposo y su cuñado. Luego cruzamos la carretera para ir la casa de la abuela de S., prácticamente una cueva, donde a oscuras la octogenaria anciana sigue narrándome la historia sin poder contener las lágrimas. La palabra “militarkuna” se repite una y otra vez en todos estos testimonios. Y no necesito saber quechua para entender lo que sucedió.

La familia T. vivía tranquila en Arizona, hasta que un día llega un camión del ejército. Los militares sacan a los hermanos T. del campo donde están trabajando. Los conducen junto a otros pobladores hasta el restaurante situado a la salida del pueblo. Maniatados, los tumban en el suelo y los golpean. Poco después R. y la madre de S. presencian como los militares suben a sus esposos a un camión. Esa será la última vez que los verán. El resto de la historia es desgraciadamente una historia demasiado común aquí en Ayacucho. Interrogatorio en la comisaría, tortura, búsqueda en vano de los seres queridos hasta perder su rastro en Cabitos, este terrible cuartel donde tantos inocentes entraron para no salir nunca más. Y finalmente silencio. Un terrible silencio.

Esta historia tampoco se libra de la paradoja y del absurdo del conflicto. S. era todavía un crío cuando desaparecieron a su padre y a su tío. Pero cuando cumplió la mayoría de edad y le llegó la hora de hacer su servicio militar, cuál no fue su sorpresa al enterarse de que lo destinaban a aquel lugar del que tanto había escuchado hablar a su madre, tía y abuela: el Cuartel Los Cabitos.

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