Descenso al infierno de la memoria (Totos día 1)

03 de junio de 2013
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Primera parte del relato del viaje a Totos, donde se instaló una base antisubversiva conectada con el Cuartel de Cabitos

Puente Nuevo. Ayacucho. 2 de la mañana. Espero la combi que me lleve al pueblo de Totos. Por momentos, dudo de adonde me dirijo. De nuevo, esa sensación de que es el documental el que me dirige a mí y no al revés. Pero lo interpreto como una buena señal.

He decidido ampliar el enfoque del documental y dedicar un capítulo a la conexión entre el cuartel de Cabitos y el de Totos. Junto con el de Cabitos éste fue uno de los principales cuarteles de desaparición y exterminio masivo de sospechosos de pertenecer a Sendero durante los años ochenta. Y es aquí adonde enviaban a muchos de los detenidos de Cabitos y adonde destinan en aquel entonces al agente de inteligencia Jesús Sosa, alias “kerosene”, después de que hiciera sus “pinitos” en el cuartel de Cabitos.

Dentro de la combi viajo enlatado en los asientos de atrás, sin apenas un centímetro de margen para mis piernas. A un lado, una gruesa señora que ocupa más espacio de lo que debiera. Al otro lado, un anciano campesino que debe llevar semanas (por no decir meses) sin haber visto una ducha. Encima mía, la hija de la señora gruesa que también ocupa más espacio de lo que debiera. Por delante, casi cinco horas de viaje. Paciencia…

Al cabo de ese tiempo y entre sueños agitados por los tumbos que da la combi, diviso un pueblo al fondo de las montañas que descendemos en zigzag: Totos. La plaza está desierta. No hay rastro del representante de la asociación de afectados que debía esperarme, por lo que decido buscar un lugar donde descansar. Una señora con la que apenas cruzo un par de frases me lleva hasta un almacén de la municipalidad y dentro me indica una cama donde puedo descansar. El ruido de la plaza me despierta horas más tarde y la primera persona a quien pregunto resulta ser mi contacto. Inmediatamente, me cuenta que Totos es un pueblo olvidado por todos, pese a las repetidas promesas que han venido haciéndoles las autoridades y gobiernos de turno. Añade que éste fue uno de los principales centros de desapariciones y ejecuciones cometidas por las fuerzas militares y que cuando la CVR llevó a cabo su investigación allí, la mayoría de sus pobladores no quiso prestar declaración por miedo a que se tratase de agentes de inteligencia. Le pregunto a cuántas personas cree que podré entrevistar y me contesta que a todos los afectados. “¿Cuántos afectados hay?”, le sigo preguntando. “Toda la comunidad”, sentencia. Totos es un pueblo de unos doscientos habitantes a los que hay que sumar la población de los anexos que también fueron víctimas de la violencia militar. Acuerdo con él tratar de filmar los testimonios de unas quince personas.

A partir de ese momento, da comienzo mi particular maratón de entrevistas, se suceden conversaciones con distintos pobladores ante platos de sopa, papas y cachipa y la búsqueda de localizaciones donde entrevistarlos. Cada uno tiene una historia muy personal que contar. Aunque hay recuerdos e imágenes que se repiten una y otra vez, como si se tratase de una lección aprendida en común. Y es que en realidad se trata exactamente de eso: una terrible lección que los militares les dieron y que ya nunca olvidarán.

Uno tras otro, los pobladores que entrevisto me describen la llegada de los helicópteros allá por abril del 83, como toman la escuela e instalan allí su cuartel, como la llegada de helicópteros se hace cada vez más frecuente y traen siempre a grupos de personas detenidas maniatadas y con capuchas cubriendo sus cabezas, como nunca vuelven a saber de esas personas y como pronto el capitán Santiago Picón Pesantes, autoapodado Chacal, empieza a hacer estragos en la población local también. Muchos de los pobladores reconocen su foto. Es en esta época que llega a Totos también el suboficial de inteligencia Jesús Sosa, alias kerosene, quien perfeccionará aquí su “arte” de interrogar y desaparecer a personas. Son muchos también los que aún recuerdan los terribles gritos en la noche, momento en el que se desarrollaban los interrogatorios y torturas.

Pronto, el pueblo de Totos comprendió qué significaba tener una base antisubversiva instalada en su plaza. Les robaban el ganado, los detenían y torturaban, violaban a sus mujeres e hijas y si alguien se atrevía a cuestionar su poder simplemente lo hacían desaparecer. En este clima, fueron muchos los que decidieron abandonar el pueblo. En su ausencia, sus casas fueron saqueadas y desmanteladas y su ganado les era confiscado con el pretexto de que si habían huido era porque eran senderistas. De hecho, en buena cuenta Totos sigue siendo un pueblo fantasma, lleno de caserones de piedra derruidos.

Una de las personas que huyó fue el Sr. M. Me cuenta que pudo escapar de milagro en el último minuto cuando lo conducían detenido de noche junto a su hermano y otros pobladores por una de las montañas del pueblo. Consiguió desatarse las manos, quitarse la venda que le cubría los ojos y correr montaña abajo esquivando las balas que silbaban buscándolo. Así se salvó de ser el quinto cuerpo de la fosa que hallaron más tarde en la zona de Carpaccasa. Desgraciadamente, su hermano no corrió la misma suerte.

El Sr. N., quien era entonces gobernador de Totos, también me cuenta que esquivó la muerte en aquella época. Y en dos ocasiones distintas. La primera de ellas fue cuando Sendero lo sometió a juicio popular en plena plaza por ser la autoridad. Arrodillado frente a más de treinta de sus vecinos, defendió su inocencia. Finalmente, la balanza de la justicia se decantó a su favor y dos escasos votos le permitieron seguir con vida. Treinta años más tarde debe convivir con personas que en su día lo condenaron a muerte.

La segunda ocasión fue poco tiempo después, cuando llegó el capitán Chacal al pueblo. Como Sendero no lo había ajusticiado, los militares llegaron a la conclusión de que debía haber colaborado con ellos. Finalmente, Chacal se apiadó de él y le “aconsejó” que se marchara del pueblo. Conforme caminamos por la parte alta del pueblo, N. me indica que más arriba se encuentra el cementerio clandestino de Totos. Afirma que allí los militares pudieron enterrar a unas quinientas personas, pero que las fuertes riadas de los últimos años han hecho que sea muy difícil localizar los restos. Por otro lado, las fosas eran de escasa profundidad, de tan sólo unos 50-60 centímetros, por lo que en aquel entonces no era raro ver a perros bajando de la montaña con un brazo o cualquier otro resto humano entre sus colmillos. […]

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