Descenso al infierno de la memoria (Totos día 2)

04 de junio de 2013
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Segunda parte del relato del viaje a Totos

Segundo día en Totos. Caída la noche, regreso a mi frío cuarto exhausto. Durante más de diez horas, he estado filmando testimonios en cadena, sumergido en la memoria de la población local, en el infierno del cuartel de Totos.

Sería largo y complejo reproducir aquí todos los testimonios filmados hoy. Citaré uno que me ha resultado especialmente impactante y conmovedor. Acababa de filmar un primer testimonio en la casa de una señora cuando ha venido a buscarme otra señora de aspecto muy juvenil. Momentos más tarde, en la casa de su anciana madre empieza a contarme como a mediados de los ochenta regresó de Lima a Totos por motivos de salud. Antes de regresar, no sabía que los militares se habían establecido en su pueblo y nunca hubiera podido imaginar lo que le esperaba allí.

Pronto supo que los militares saqueaban a sus vecinos, que les robaban el ganado, que cometían todo tipo de abusos y que habían violado a varias mujeres. Por lo que siempre tenía mucho cuidado de que no la sorprendieran sola. Una vez vinieron a buscarla a su casa, pasado ya el toque de queda. Le dijeron que el Capitán (en aquella época apodado Tony) quería verla, ya que había recibido un mensaje por radio para ella. Ella sospechó y se negó a acompañarlos al cuartel. Poco después, a su madre le robaron varias ovejas y ella decidió denunciar el robo al cuartel. Al salir, uno de los soldados la agarró en la plaza. Torciéndole el brazo hizo que cayera al suelo, la desnudó y allí mismo, por mucho que ella siguiera forcejeando y pataleando, la violó. Días más tarde, el capitán Tony le dijo que eso le había pasado por no haber ido a verle, que si hubiera estado con él, la tropa la hubiera respetado.

No pasó demasiado tiempo antes de que la detuvieran de nuevo. Le dieron un vaso de agua (“no sé qué tendría ese agua”, recuerda) y a partir de ese momento su memoria se desvanece. Tan solo sabe que por la mañana despertó dentro del cuartel y que seguramente debieron abusar de ella nuevamente. Cuando salió de allí decidió huir de Totos. Vive traumatizada desde entonces, tiene un hombro dislocado y ha sido incapaz de formar una familia o ni siquiera tener relaciones con hombres. Ahora prefiere vivir tranquila con su anciana madre y cuidar de su ganado.

A lo largo del resto del día, no han dejado de venir a verme personas para que filmara su testimonio. Se trata de una comunidad desesperada, olvidada por completo por el gobierno y las instituciones y aplastada por el peso de la memoria.

Conforme seguía siendo testigo del sufrimiento y lágrimas de todo el pueblo, mi rabia iba en aumento. No he podido dejar de maldecir a aquellos miserables y preguntarme: ¿Qué clase de raza tan despreciable somos, que somos capaces de hacerle algo así a nuestros propios semejantes?

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