Descenso al infierno de la memoria (Totos día 3)

05 de junio de 2013
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Tercera parte del relato del viaje a Totos

Empiezo el día temprano y junto con la señora F. subo hasta la fosa de Carpaccasa, allí donde su esposo fue ejecutado y sepultado con otros tres hombres tras cavar su propia tumba. Durante el ascenso, me cuenta como los obligaron a subir de noche el empinado camino de herradura, maniatados y con los ojos vendados. Se pregunta lo duro que debió ser caminar así y cuantas veces tropezarían y se caerían. Y narra cómo su cuñado, aprovechando un repentino fogonazo de luz que despistó a los militares, consiguió escapar.

Ante la fosa, me invade de nuevo la rabia. Pero también me sorprende lo metódicos que fueron para llegar hasta un rincón tan apartado en plena noche con el fin de no dejar rastro de su crimen. Porque está claro que aquello (al igual que tantas otras muertes) fue un crimen atroz, un asesinato a sangre fría que sigue impune y que no fue simplemente un “exceso” más (término con el que se vienen refiriendo en Perú a las ejecuciones extrajudiciales y torturas perpetradas por los militares). Y quien sabe cuántos otros lugares de entierro clandestino debe haber por los alrededores, que nunca han sido hallados y que seguramente nunca lo serán.

Treinta años más tarde, la señora F. sigue tratando de encontrar una respuesta en el absurdo del conflicto, comprender lo incomprensible, asimilar lo que su mente no puede asimilar: ¿por qué tuvieron que matar a su esposo? Y maldice a aquel “Chacal”, que hoy día sigue prófugo de la justicia, pero del que espera que un día responda de la muerte de su esposo y de tantos otros inocentes.

Al regresar al pueblo, me encuentro con la Sra. S, quien desde la penumbra de su cocina de adobe me cuenta como los militares desaparecieron a sus padres, torturaron a su esposo y abusaron de ella. Mientras me narra su historia, otra señora espera en el patio. Ha venido desde uno de los pueblos anexos expresamente para dejar su testimonio. Pequeñas lágrimas brotan de sus ojos secos, cansados de tantos años de sufrimiento. Vuelvo a filmar por reflejo, ya que da su testimonio en quechua. La palabra “militarkuna” (militares) se repite de nuevo una y otra vez y consigo entender que los militares la golpearon y empujaron, haciendo que cayera de espaldas aplastando a su hijita que cargaba en su manta. Como consecuencia de la caída, su hija tiene ahora parálisis cerebral.

Aún no ha terminado su testimonio cuando nos interrumpe otra señora, y detrás de ella veo que vienen una señora y un señor más. La voz se ha corrido por el pueblo y sus anexos y están llegando personas de todos lados para dar su testimonio. Me siento como el médico de guardia que debe ver un paciente tras otro, en cadena. El problema es que se me acaba la capacidad de almacenamiento y a las puertas de la asociación de afectados hay cada vez más personas esperando mi llegada.

Para este tercer día he recogido ya cerca de veinte testimonios. Pese a ello, me doy cuenta de que la lista es interminable y de que el representante de la asociación local no exageraba cuando me decía que toda la población ha quedado afectada.

Llega un bus a la plaza. Seguramente será el último que pase hoy por aquí. Varias personas me sugieren que lo tome. Pero a condición de que regrese pronto. Me comprometo a hacerlo, y a seguir trabajando en la creación de un registro audiovisual de memoria colectiva para el pueblo, para complementar el trabajo de memoria que está realizando la organización Apoyo para la Paz aquí.

Sé que mi trabajo en Totos no termina aquí y pretendo regresar pronto, aunque esta vez con mucha más capacidad de almacenamiento.

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