Lágrimas en La Hoyada

23 de marzo de 2013
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Finalmente se identifican los primeros cuerpos encontrados en La Hoyada

Salgo temprano a la calle con el equipo al hombro y con la sensación - casi la certeza - de que es ahora cuando me estoy enchufando realmente al documental, como cuando uno busca una señal en la radio y finalmente la capta con nitidez.

He quedado con el equipo de Aprodeh y con varios familiares de desaparecidos para hacer una nueva visita a la Hoyada, ya que acaban de identificar varios de los restos encontrados allí gracias a las pruebas de ADN realizadas. De los más de cien cuerpos encontrados en este antiguo campo de tiro del cuartel, éstos son los primeros que se consigue identificar a ciencia cierta (los reconocimientos de prendas pueden inducir a error, puesto que era práctica común entre los militares hacerles intercambiar la ropa a los detenidos). Y este hecho supone una nueva prueba, tajante y demoledora, de lo que sucedía dentro del cuartel.

Mientras filmaba desde lo alto, he distinguido caminando entre las fosas a Mamá Angélica, Adelina García y a otras madres de ANFASEP. Había visualizado este plano en mi cabeza (y en el guión), pero no sabía si llegaría a tenerlo ante mi objetivo. Momentos más tarde, las he seguido y entrevistado, manteniendo el equilibrio entre las fosas.

Entre las fosas me encuentro también con el artista retablista Edilberto Jiménez. Me cuenta que está preparando una serie de dibujos sobre las detenciones y torturas en el cuartel. Por lo que quedamos en vernos más tarde para tratar la posibilidad de que sus dibujos animen los testimonios en el documental.

Pero el momento más emotivo llega más tarde, cuando los familiares encienden velas y depositan flores en las fosas. Una chica joven no deja de preguntarse: “¿Papito lindo, por qué te has ido? Yo esperaba encontrarte vivo…”. Las lágrimas resbalan por sus mejillas y repite maquinalmente, incapaz aún de comprender y asimilar la certeza de que su padre ya no regresará: “¿Por qué, por qué, por qué…?

A unos cuantos metros de distancia, la anciana señora A. reza en silencio. De sus ojos secos ya no pueden brotar más lágrimas. Masculla palabras ininteligibles mientras alza los brazos al cielo. No sabría decir si da las gracias a Dios por haber hallado finalmente los restos de su hijo o si maldice a los militares que lo secuestraron para luego ejecutarlo en este inhóspito paraje. Posiblemente, estos dos sentimientos opuestos, de gratitud y rabia, se cruzan y se mezclan en su cabeza en este momento tan esperado desde hace 30 años.

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