Viaje en busca de un ex-cabito

23 de junio de 2013
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Viajo al pueblo de X. para encontrarme con un exsoldado que sirvió en Los Cabitos

Esperar en Puente Nuevo a altas horas de la madrugada y a las puertas de una agencia de transporte empieza a convertirse en una mala costumbre. Viajo al pueblo de X., donde voy a tratar de encontrarme con un exsoldado que estuvo destinado en Los Cabitos y que reconoció a sus superiores en una de las audiencias judiciales. Pero ni siquiera sé a ciencia cierta si estará en el pueblo y si, de estar, querrá hablar conmigo. Pero tengo que intentarlo.

Viajo con R., hijo de un desaparecido en el cuartel, quien se ha ofrecido para ayudarme a localizar al exsoldado, ya que su familia proviene también del pueblo de X. Varias horas más tarde, el carro nos deja frente a un restaurante, en medio de la carretera en construcción que lleva a X. R. me dice que el exsoldado (llamémoslo O.) vive con su madre en una casita arriba en la montaña. Cuando llegamos a la casa, la madre nos dice en quechua que su hijo ha salido a trabajar a la chacra. Temo no poder encontrarlo.

Minutos más tarde, conforme seguimos subiendo la montaña, nos encontramos con un hombre con ropa de trabajo sucia y ataviado con un chullo. En seguida reconozco el rostro que he visto en uno de los videos de las audiencias. Es O. Le explico el motivo de nuestra visita y en seguida me responde que no quiere dar entrevistas. Dice estar decepcionado y “con la guardia bajada”, ya que el Estado no le reconoce como víctima, a pesar de haber estado entre los dos fuegos del conflicto y haber escapado de la muerte en más de una ocasión. También se queja de que, mientras muchos familiares de víctimas están recibiendo sus reparaciones, él no ha recibido absolutamente nada a cambio de testificar y ayudar a enjuiciar a los responsables. Le aseguro que ha hecho algo muy valioso, que debería sentirse orgulloso. Me responde que daría con gusto su testimonio, pero que antes el Estado le tiene que reparar.

Pese a su reticencia a hablar ante la cámara, sí que se muestra muy dispuesto a conversar y a contarnos como vivió su paso por el cuartel. Cuenta que ingresó voluntariamente en el ejército y que, como muchos otros ayacuchanos, estuvo destinado en Los Cabitos entre los años 81 y 83. A partir de ese momento, los ayacuchanos ya no podían hacer el servicio militar, puesto que todo ayacuchano era sospechoso de formar parte de Sendero. Pero, como él ya era soldado, fue destinado a la provincia de S. Allí no se encontraría con nadie conocido y no debería dudar ni sentir compasión si tenía que matar a alguien (si llegaba el momento, mejor que ese alguien no fuera un familiar o un conocido).

Sigue contando que por aquel entonces el cuartel era mucho más pequeño (nos describe sus instalaciones dibujándolas en la tierra) y que cuando se instala en Ayacucho el Comando Político Militar llegan todo tipo de cuerpos y regimientos, entre ellos el servicio de inteligencia. Recuerda como, en muchas ocasiones, cuando hacía guardia en la garita o en uno de los torreones, llegaban agentes de inteligencia, vestidos de paisano y trayendo con ellos a gente detenida. Los conducían a la zona conocida como “la chanchería”. Los soldados no tenían acceso a las celdas ni a los prisioneros, pero sabían perfectamente de su existencia, y desde la chanchería siempre oían gritos. Algunos salían al cabo de unos quince días, pero a otros nunca los volvían a ver.

El viaje no ha sido en balde. He conocido de primera mano el testimonio de un ex-cabito y aprovecho para filmar el testimonio de la desaparición del padre de R., caminando entre la niebla y entre las máquinas excavadoras que trabajan en la carretera que lleva a X.

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