No hay justicia para los pobres

29 de junio de 2013
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Nuevo testimonio desde el infierno de Cabitos

Regreso a casa de noche, con el corazón aún en un puño tras escuchar un testimonio sobrecogedor. Mi entrevistado me cuenta como lo detuvieron cuando tenía tan sólo 15 años, tras un dinamitazo en el barrio. En el momento de su detención, ya subido a un jeep militar, pudo oír como uno de los soldados avisaba por radio a su superior: “mi teniente, llevamos a un menor”; y la voz por radio le contestó: “Da igual, tráiganlo”. Los mandos militares han llegado a reconocer que en aquel entonces era práctica habitual detener a estudiantes y a menores de edad. Hablaban con mayor facilidad.

Ya en la sala de torturas, al adolescente lo interrogaron, lo golpearon y lo sometieron a la colgada. Hasta que su hombro se le desencajó. A lo largo de los días siguientes, lo siguieron torturando. Le aplicaban electricidad en cualquier sitio del cuerpo: en la cabeza, en el pecho, hasta en los genitales. Querían que les diera nombres. Daba igual de quien. De sus amigos, de sus primos, de su padre. Si les daba 10 ó 20 nombres, saldría. Pero él sabía que era un engaño. Que si daba algún nombre, a esa persona la detendrían y la someterían a las mismas torturas y la matarían. Como seguramente acabarían haciendo con él.

En un cuartucho de apenas un metro de alto y dos de ancho permaneció lo que le pareció una eternidad. Durante ese tiempo las torturas continuaron. Ocasionalmente, le daban algo de comida: los restos del rancho de la tropa, servidos dentro del tacho del baño. Un día, le sorprendió que uno de los mandos lo invitó a comer. No imaginaba que minutos más tarde lo golpearían sin cesar hasta que caería al suelo y vomitaría toda la comida. En alguna ocasión, también pudo ver como los soldados violaban a campesinas y menores detenidas. Ellas gritaban y lloraban. “¿Pero qué podías hacer?” Se lamenta. “Allí sólo podías llorar. Nada más. Nos iban a matar a todos”.

Una noche lo condujeron a él y a otros detenidos al paraje conocido como El Infiernillo. Uno de los “botaderos” de la ciudad donde por las mañanas aparecían cadáveres y las madres buscaban a sus hijos y esposos entre basuras y perros que devoraban los cuerpos. Allí los colocaron en fila y empezaron a ejecutarlos. Uno a uno. Escuchó un último tiro y la persona que tenía a su lado cayó al suelo, retorciéndose. Entonces le llegó su turno. Sintió el cañón de una pistola en la nuca: “¿Vas a hablar? ¿O vas a morir como este perro?”.

Aún no sabe como, pero logró sobrevivir a esa terrible noche y a las que siguieron, hasta que un día lo enviaron a la comisaría de la PIP (Policía de Investigaciones del Perú). Allí permaneció varios días, hasta que una mañana vio aparecer a su madre. Trató de llamarla moviendo su brazo. Pero su brazo no se movía.

Durante un par de años tuvo que presentarse regularmente en la comisaría. Tenía miedo de los Cabitos. De que lo volvieran a detener. Así que por las noches dormía dentro de un nicho en un cementerio cercano.

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