El hombre más feliz del mundo

28 de junio de 2010
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Entrevista con Gil Van den Bergh, fundador de la Casa Hogar los Gorriones

No han hecho falta preguntas. Durante una hora entera, Gil ha estado hablando ante la cámara sin parar. Me interesaba profundizar en el lado más personal, más humano, rehuir de lo institucional y de lo formal. Siempre me ha producido curiosidad saber cómo alguien llega a fundar un proyecto como la casa hogar, qué le lleva a un extranjero a romper con su vida anterior, dejarlo todo y venirse a este rincón en los Andes para luchar por la infancia.

Así, Gil ha hecho un recorrido por su propia vida, recordando su juventud más conflictiva (que según él ha tenido mucho que ver con el hecho de que haya acabado haciendo algo así), su trabajo con toxicómanos, su vida simple en los Pirineos franceses, cómo conoció a Chantal y rápidamente se hicieron compañeros inseparables, el nacimiento de su hijo, su viaje a Nepal e India en búsqueda de fundar un proyecto humanitario y como, por una carambola de la vida, acabaron llegando a Perú, a un rincón olvidado por casi todos: Ayacucho.

Luego vendrían los duros inicios de la casa hogar, enfrentarse a la kafkiana burocracia peruana, la adopción de su hija R., que había sido abandonada en un vertedero y que yacía más muerta que viva en un hospital de Huanta…

Han pasado ya ocho años desde entonces. Pese a ello, los problemas no han acabado. Mantener un proyecto como la casa hogar, que no recibe ayuda alguna por parte del estado peruano (más bien todo lo contrario), que sobrevive exclusivamente gracias a subvenciones y donaciones del exterior, que acoge a veintiocho niños, muchos de ellos aquejados de graves discapacidades y que requieren caros tratamientos, y en el que trabaja un amplio equipo de personal que presta ayuda personalizada a los niños, no es tarea fácil. Es una lucha a brazo partido día tras día.

Gil no esconde que tiene momentos de debilidad, de casi perder la fe, sobre todo ahora que Chantal ya no está a su lado, pero sabe perfectamente que su sitio está aquí, al lado de los más desfavorecidos, y que tiene que seguir sorteando las pruebas que la vida le pone en el camino.

El cariño de estos niños es su recompensa diaria. Y él se confiesa el hombre más feliz del mundo.

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