La soñada llegada a la región de los kazajos

17 de agosto de 2008
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Por fin llegamos a Bayan Ölgyi

Tras sufrir el suplicio de Sisifo atravesando desde Ulaangom puertos casi infranqueables de la cordillera de Altai finalmente llegamos a Ölgyi.

Éste es uno de los momentos mas esperados del viaje, si no el que más. Y aquí estamos encontrando paradójicamente la imagen que nos habíamos formado de Mongolia antes de venir. Paradójicamente porque es el aimag (provincia) menos mongol del país. Aproximadamente el 90% de la población aquí es de etnia kazaja, etnia que profesa la religión musulmana y la provincia tiene el estatus de provincia autónoma kazaja dentro de Mongolia.

La historia de los kazajos de Mongolia es una historia bien curiosa y está estrechamente vinculada al nomadismo. A finales del siglo diecinueve comenzaron las primeras olas de inmigración desde Kazajstán al otro lado de la cordillera de Altai en busca de nuevos pastos en valles despoblados. Al tiempo, sin embargo, con la independencia de Mongolia y trazo de sus fronteras, los kazajos mongoles quedaron encerrados dentro de un estado extranjero: convirtiéndose así en un pueblo enclaustrado dentro de un país ya de por sí enclaustrado. Desde entonces, esta comunidad ha sabido mantener intactos su identidad, sus costumbres y tradiciones bien arraigadas en el linaje, su idioma (es la única minoría étnica del país que recibe educación en su propio idioma) y su religión, que viven de manera bastante relajada. A inicios de la década de los noventa, con la caída del régimen soviético y la posterior crisis en Mongolia, alrededor de un 40% de la población kazaja de entonces, unas 60.000 personas, reemigró a Kazajstán, impulsada por el tratado entre Mongolia y Kazajstán de darles a los retornados hogar, ganado y trabajo. Aquella promesa no se cumplió más que en contadas ocasiones y gran parte de aquellos repatriados decidió cruzar de nuevo la cordillera de Altai y reinstalarse en Mongolia.

Los encuentros que hemos tenido con la población local hasta ahora no hacen sino reafirmarnos en la convicción de que se trata de un pueblo hospitalario y amable. Y que, para nuestra suerte, poco tiene que ver con el carácter mongol, aún anclado orgullosamente en los remotos tiempos de Gengis Khan. De hecho, el primer kazajo que conocimos tras nuestro paso por el Lago Achit, un simpático camionero de dientes negros como el tizón, nos invitaría insistentemente a viajar a Olgyi a bordo de su camión y cuando nos marchábamos no dudó en lanzar al aire sobre nuestras cabezas el brebaje amarillento que estaba bebiendo en su tazón, en lo que está resultando ser un afortunado augurio.

Ölgyi es la puerta a Asia central. Aquí los rasgos más mongoles y característicos del sureste asiático han dejado paso a otros reveladores de la proveniencia de Asia central. Los ojos han dejado de estar tan rasgados y se han ido redondeando. Los rostros se han vuelto más curtidos y renegridos. Las mujeres andan por el bazar con vestidos y pañuelos de colores abigarrados anudados a la cabeza. Y algún diente de oro que otro reluce en la sonrisa de alguna de las personas que nos saluda al pasar mientras la llamada al rezo del almuédano sobrevuela los tejados de la ciudad.

Desde aquí, emprenderemos en breve la próxima etapa del viaje y del documental: una ruta por los Lagos Har, Dayan y Hurgan, dentro del Parque Nacional de Tavanbogd, en la que iremos al encuentro de los míticos cazadores con águilas reales y de los campamentos estivales de los kazajos. Yallah!!

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