Apuntes desde el Transiberiano I: Moscú-Irkutsk

25 de junio de 2008
Quinto día, primeras vivencias e impresiones a bordo de este mítico tren.

Una noche mas, acodado frente a la ventana, viendo desfilar la oscura y silenciosa tundra bajo una inmensa luna cortada por la mitad, soy presa del síndrome del Transiberiano, de este tren que siento es mi dulce condena y del que por momentos llego a pensar que jamás me bajare. Habiendo llegado ya a nuestro quinto día consecutivo a bordo de este tren siento haber alcanzado ya su verdadero espíritu y esencia, o quizás tan solo me este volviendo totalmente loco...

Así que tras arrastrar nuestras destrozadas almas durante largas horas por las avenidas de Irkutsk, estamos nuevamente subidos al tren que, ahora si, nos llevara directamente a nuestro destino. Irkutsk se encontraba coronada por un mar de nubes, por lo que a nuestros ojos ha debido aparecer más gris de lo que es seguramente en realidad. De hecho, según dicen, esta es la parte mas soleada de toda Siberia. Se respiraba una atmosfera animada, si bien, tras deambular sin rumbo fijo por su centro y avenidas Karl Marx y Lenin, hemos debido rendirnos ante el peso del cansancio acumulado.

Pero recapitulemos el transcurso de estos últimos días...

El tren coupe numero 340 con destino a Chita (una vez mas el recuerdo de aquellas eternas partidas de Risk...) salió de la estación Yaroslavski en Moscú puntual a las 13.35. Viajamos en segunda clase, en un compartimento cerrado (a diferencia de los de tercera que son abiertos), con capacidad para cuatro personas. Cada vagón consta de nueve compartimentos, de dos servicios y de un último compartimento individual donde viaja la supervisora de vagón. A medida que los pasajeros del vagón número diez se fueron instalando en sus compartimentos se fue tejiendo una atmosfera de familiaridad entre los pasajeros. Se preparan las literas con los colchones enrollables y sabanas, algunos dan cuenta inmediatamente de banquetes pantagruélicos sobre la mesita plegable pegada a la ventanilla, otros, como el chico taciturno que viaja con nosotros, prepara cuidadosamente sus enseres para el viaje: ropa, comida, música, cepillo y pasta de dientes y hasta zapatillas de andar por casa, que es lo que este vagón será para muchos de nosotros durante largos días.

El legendario Transiberiano no es como solemos concebirlo un solo tren que cubre un único recorrido sino toda una red de trenes que realizan distintos recorridos por las tripas de Siberia. El paisaje que se divisa desde la ventana - bosques de abedules sin fin, estaciones industriales, grises y desérticas, donde de vez en cuando sube o baja alguna familia, pueblitos con cabañas y cobertizos de madera donde sus habitantes cultivan su huerto, donde se ve pasear a las babushkas ataviadas con sus coloridos pañuelos en la cabeza o donde los hombres toman el sol sin camiseta con una cerveza... - va paulatinamente configurándose hasta dar lugar a un cuadro monótono y de aspecto idéntico. Esta monotonía tan solo se ve interrumpida de vez en cuando por la llegada a alguna gran ciudad como Krasnoiarsk o Novosibirsk donde aprovechamos para comprar algo de comida y estirar las piernas.

Con el trascurrir de los días, los bosques de coníferas se irán tornando cada vez más densos y espesos y esa familiaridad entre pasajeros por la que el Transiberiano es conocido se hace aun mayor. Hemos trabado amistad con una mujer y su hija, Dasha, que deben ser las únicas personas que hablan ingles en todo el tren. Charlando largamente con ellas hemos podido saciar nuestra curiosidad acerca de la cultura e idioma rusos. Somos también el objeto de curiosidad del pequeño Yaroslav, un niño de cuatro anos con melena rubia que viaja con su familia a Kazajstán y que no duda en meterse a todas horas en nuestro compartimento para jugar con nosotros o pegarnos y salir corriendo por el pasillo.

Cada día los pasajeros ejecutan mecánicamente una rutina como si llevasen toda la vida haciéndolo. Los despertares son mas bien tardíos (los repetidos cambios de husos horarios tienen que ver, aunque sobre todo las timbas que se montan en algunos compartimentos de los que se desprende una atmosfera viciada de ruido, olor a pescado ahumado y alcohol), entran en los servicios para asearse como pueden (no hay duchas en todo el tren), se sirven te o café en el termo del final del pasillo, se sitúan frente a la ventana dejando su mirada a la deriva del paisaje, miran el horario para informarse de cuando será la próxima parada donde avituallarse de comida (o mas bien de cerveza en muchos de los casos), luego se tumban a leer algo, duermen un rato o fuman entre vagón y vagón. Otros deambulan desde el amanecer al anochecer dando tumbos de vagón en vagón con una lata de cerveza en la mano....Junto con la rutina, con el paso de los días, también ha ido gestando un proceso de apatía general, los pasajeros cada vez hablan menos entre ellos, parecen dormir cada día mas y se entregan a la bebida con mayor ahínco. Reconozco que a partir del cuarto día yo tan solo ansió dejarme mecer por el suave vaivén del tren...

Es ahora, estando subido a bordo de este tren con el que he sonado desde aquellas lecturas de la infancia, cuando recupero la sensación de libertad y de estar viajando de nuevo. Invariablemente acabo los días apoyado a la ventana, sintiendo el viento en mi cara y completamente entregado a este paisaje, donde los atardeceres ensangrentados parece que jamás dejaran paso a la noche mientras este largo ciempiés de metal sigue engullendo insaciablemente kilometro tras kilometro de la inhóspita y a la vez bella Siberia.

título video
título fotografías
foto
 
 
título productores
ahoraonunca av2media malamente
título validadores
xhtml válido css válido