Testimonios del estadio de Huanta I

26 de julio de 2010
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Regreso a Huanta en un nuevo intento por viajar a Putis, poblado que fue borrado del mapa tras la masacre de sus pobladores por parte del ejército

Justo en mi camino hacia allí el otro día me enteré que la noche antes hubo un enfrentamiento entre una columna de Sendero y una patrulla militar, por lo que no había transporte y el acceso a la zona estaba restringido.

El alcalde de Huanta ha prometido facilitarme mañana transporte para ir allí y alojamiento. En esta ocasión planeo también conocer y entrevistar a Rosa Pallqui, la viuda de Jaime Ayala (el periodista desaparecido en el estadio de Huanta), a Olfer Leonardo, el artista que ha pintado los murales que describen escenas del conflicto en el estadio, y también a Alejandro Coronado, el fotógrafo local de quien he visto fotos del conflicto en el Museo de la Nación de Lima y en el de la Memoria de Ayacucho.

A la hora convenida no me encuentro con nadie en el estadio. Me informan que el alcalde ha estado jugando al fútbol esta mañana, pero que ya se ha marchado y los demás no responden al teléfono. Huanta es un lugar pequeño donde tarde o temprano te encuentras con todo el mundo, así que decido esperar en el parque. Efectivamente, Olfer no tarda mucho en aparecer y regresamos al estadio donde nos encontramos con Rosa Pallqui. No sabía muy bien que esperar de esta entrevista, pero ha resultado ser uno de los testimonios más conmovedores y demoledores que he escuchado hasta ahora.

R. me habla de cómo desapareció su marido. Durante aquel fatídico 1983, habiendo sido amenazado y hostigado por los militares, Ayala decidió denunciar los hechos en el estadio, que poco antes había sido tomado por la marina, la nueva autoridad en el pueblo tras que se declarara el estado de emergencia en la región. Según comenta R., el estadio se convirtió pronto en un centro de detención y concentración de sospechosos de terrorismo. No se sabe cuantas personas murieron allí, ya que los cadáveres eran transportados fuera y luego enterrados en fosas comunes. Son muchos los que vieron a Ayala entrar en el estadio pero nadie (excepto obviamente sus verdugos) le vería nunca salir. R. afirma que su marido se había convertido en una persona incómoda para los militares, puesto que denunciaba sus abusos y excesos: “por eso lo mataron”, afirma tajantemente.

Después de 27 años de búsqueda infructuosa, de dirigirse a innumerables instancias y autoridades, de iniciar varios procedimientos judiciales y de exhumar varias fosas comunes, R. sabe que seguramente nunca encontrará el cadáver de su marido, pero espera que al menos otras personas sí puedan encontrar a sus desaparecidos. Para ello, ha fundado Adehr, una asociación que brinda asesoramiento y medios legales gratuitos a las comunidades que han sufrido la violencia política y a los comuneros que aún luchan por encontrar los restos de sus seres queridos. Hoy, precisamente, viajan a Culluchaca para informar a la comunidad de cómo va el procedimiento que tienen en curso para exhumar una fosa común y reconocer a las víctimas de este poblado. Les acompaño.

Culluchaca es un poblado totalmente perdido en las montañas, casi inaccesible y que tan sólo cuenta con transporte una vez por semana. Cualquier otro día de la semana, sus habitantes deben caminar durante horas para desplazarse a Huanta. La sensación de encontrarme en un poblado totalmente distinto a lo conocido hasta ahora me asalta de inmediato. “Estos son los puros Andes”, me murmuro a mí mismo mientras camino por el poblado y diviso la azulada cordillera que lo rodea. Sus habitantes son todos quechuahablantes, las mujeres andan ataviadas con sus coloridas polleras y largas trenzas azabache bajo sombreros decorados con flores que revelan su estado civil. La comunicación con los niños es imposible. No sólo porque no hablan castellano, sino porque salen corriendo a mi paso. Huyen gritando palabras ininteligibles. Seguramente me toman por un “pishtaco” (ladrón de órganos). No es la primera vez. Y tampoco deben haber visto a demasiados gringos antes en su pueblo.

Mientras tanto, R. y sus compañeras informan a la comunidad de los próximos pasos a seguir en el procedimiento. En Culluchaca fueron asesinados al menos 45 de sus habitantes y hasta ahora se han identificado a 14 de ellos. De hecho, a este poblado pertenece la escalofriante foto tomada por A. Coronado en la que aparece una pila de cadáveres amontonados los unos sobre los otros, en medio de un campo, con sus cuerpos totalmente desnudos. Pronto, R. y su asociación esperan poder exhumar una nueva fosa que han encontrado en las inmediaciones del poblado y me invitan a que les acompañe.

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