Testimonios del estadio de Huanta II

27 de julio de 2010
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Siguen los testimonios sobre las desapariciones en el Estadio de Huanta

El viaje a Putis se resiste. Hasta última hora de ayer, el alcalde nos aseguró que trataría de conseguir transporte para ir al pueblo. Pero todo ha quedado en una especie de promesa electoral sin cumplir.

Acabo el día en el patio de la casa del alcalde, donde relata como vivió él el conflicto. Su hermano, el periodista Hugo Bustíos, fue asesinado por una granada lanzada por los militares. También cuenta que irrumpieron en su casa en más de una ocasión, destrozando la puerta, matando al perro y colocándole a él y a su familia contra la pared. Su mirada se pierde en el infinito y sus palabras le brotan lentamente, gota a gota, cuando recuerda estos episodios de su juventud. Parece revivirlos de nuevo.

Ya que no puedo viajar a Putis, aprovecho para entrevistar al periodista A. Coronado en su canal de televisión. Me habla de la foto del estadio y de la de la pila de cadáveres de las víctimas de Culluchaca. La paradoja no deja de ser diabólica. Esta fosa fue hallada durante los años del conflicto, pero al no reconocerse a las victimas en ese momento, se decidió sepultarlas en una nueva fosa común. Recuerda lo arriesgado que era ejercer su profesión durante los años del conflicto y afirma ser un superviviente, ya que es el único periodista de Huanta de la época que consiguió salir vivo. Todos sus compañeros desaparecieron. Él tuvo más suerte. Fue detenido por los militares y encerrado en el estadio durante más de una semana. Allí le vendaron los ojos, le ataron las manos a la espalda y lo tumbaron boca abajo sobre la tierra, sobre el “hormiguero”, recuerda. Finalmente, consiguió salir de allí gracias a las gestiones de su periódico, aunque bajo una amenaza: que tuviera cuidado con ellos.

Dos años más tarde, Sendero le envió un comunicado indicándole que debía leerlo por radio. Al negarse (precisamente su arresto en el estadio se debió a que Sendero tomara su emisora y emitiera un comunicado desde allí), comenzó a recibir amenazas por carta, hasta que un día una bomba estalló en la puerta de su casa. Era el último aviso. Ese día leyó el comunicado y esa misma noche se marchó de Huanta.

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