La Madre Coraje

05 de agosto de 2010
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Entrevista a Mamá Angélica

Pensaba que ya no podría entrevistar a Mamá Angélica. Me habían dicho que estaba ya demasiado mayor (tiene 84 años) y que además está aquejada de sordera en uno de sus oídos. Me daba rabia. Había incluso llegado a tener un sueño en el que la entrevistaba antes de que un gigantesco tritón saliera de la maleza y se abalanzara sobre mi… Así que no me lo podía creer cuando ayer, su hija Maribel me confirmó que su madre me recibiría hoy en el museo.

La he reconocido enseguida, sentada tranquila con su pollera y sombrero huamanguinos. Siento que tengo delante mía a una leyenda viva. A una de las heroínas de la historia reciente de Ayacucho. Tras ese aspecto de apacible y entrañable abuela se encuentra una mujer de una fuerza y coraje inimaginables. Me habían avisado también que no hablaba muy bien español, así que mi sorpresa no ha podido ser mayor en cuanto ha empezado a hablar con tanta fluidez y espontaneidad.

La historia de la desaparición de su hijo Arquímedes es la historia de su vida. Fue la noche del 12 de julio de 1983, recuerda. Su hijo tenía tan solo 19 años. Había estado tocando la guitarra con unos amigos y acababa de regresar a casa cuando irrumpieron unos encapuchados y se lo llevaron por la fuerza. “Pregunte mañana en el cuartel” le dijeron, tras insultarla y amenazarla. Sin embargo, al día siguiente, nadie sabía nada del paradero de su hijo. Ni en el cuartel donde le habían dicho que preguntara ni en ninguna otra dependencia policial a la que se dirigió. A los pocos días, recibió una nota de su hijo. Le decía que no se preocupara, aunque su situación era complicada y que mejor le buscara un abogado. Seguramente, en ese momento de fugaz esperanza, ni el hijo ni la madre sospecharían que ese “chau” con el que Arquímedes se despide de su madre en la nota era en realidad una despedida definitiva.

Mamá Angélica rememora como, a partir de ese momento, inició un largo calvario que dura hasta hoy día. Recuerda los días de arrastrar de un lugar a otro la pesada cruz que me enseña tras una de las vitrinas del museo, las amenazas de muerte que recibió en más de una ocasión por parte de los militares (“mata a esa vieja, carajo”, aún puede escuchar diciendo a un militar mientras ella buscaba el cuerpo de su hijo entre una pila de cadáveres decapitados), las agresiones, violaciones y cuerpos mutilados que presenció, como poco a poco se fueron uniendo a su marcha más y más mujeres en su misma situación hasta que fundaron ANFASEP, sus viajes para dar a conocer al mundo la situación de Ayacucho, como en los noventa el gobierno de Fujimori la acusó de ser embajadora del terrorismo senderista y trató de encarcelarla…

Pese a todo, ella afirma que jamás tuvo miedo. Aunque asegura que tampoco podrá perdonar. Y que incluso tras su muerte, su alma seguirá buscando la de su hijo Arquímedes.

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