Escapada de Putis

28 de agosto de 2010
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Segunda parte del relato del viaje a Putis y del encuentro con una columna de militares que se instala en el poblado

El Sr. Leoncio ha resultado ser el marido de la mujer a quien ayudé a transportar los colchones por la mañana. Nos recibe en su casa de piedra al lado de la piscifactoría y rápidamente nos preparan un cuarto junto al establo. Avanzada la noche, escucho estruendo en el exterior. “Empieza el enfrentamiento”, me murmuro a mímismo, enredado en la maraña del sueño. Un rato más tarde, se entreabre la puerta y siento que me tocan las piernas. “Ya está. Han venido a por nosotros” continúo diciéndome en la oscuridad, aún sonámbulo.

Por la mañana, al levantarme, un gato salta de entre mis piernas y se escabulle por el hueco de la puerta. No eran los militares quienes habían venido a buscarnos por la noche. Ni tampoco los senderistas. Sino un gato negro. Al salir, la tierra está mojada. Tampoco ha habido enfrentamiento. Tan solo una fuerte tormenta.

El poblado parece amanecer en calma. Aunque desde la piscifactoría no tardo en distinguir las siluetas de varios militares entre la niebla. Aún no se han marchado. O. y yo decidimos acercarnos al poblado. Con todo lo sucedido ayer, no tuvimos tiempo de filmar su entrevista ante el mural que ha pintado allí junto con su compañera P. El mural representa la masacre de los comuneros. En un extremo, una mujer ataviada con el traje típico alto andino presencia las distintas escenas: el fusilamiento, el hallazgo de la fosa común, el entierro…Y en un primer plano: un anciano y una niña. El rostro de la niña aparece iluminado. Casi sonriente. Da esperanza. O. me explica que con estos murales esperan que la memoria colectiva no olvide. Que la historia no se repita.

De camino hacia el mural nos topamos con otra de esas paradojas del conflicto. Envuelto en la niebla, un militar no dejar de sacar fotos del mural. De un mural que ilustra una matanza perpetrada por el éjército años atrás. Decido presentarle a O. Sorprendido de conocer al autor, empieza a hacerle preguntas sobre el mural. ¿Los que aparecen ahí arriba son militares?, pregunta, señalando al grupo de soldados con los rostros cubiertos por pasamontañas que fusilan a los comuneros que cavan. Al responderle O. afirmativamente, le sigue preguntando: ¿Y Sendero, por qué no aparece? Luego nos explica que él no es militar sino policía. Al preguntarle cual es la diferencia (ya que va vestido como ellos y patrulla con ellos) nos responde que él debe acompañarlos para efectuar los arrestos y custodiar a los detenidos. Y además, repite: “ellos tiran a matar”.

Trato de entrevistar a algún mando. Llaman al teniente. Es un tipo que impone. El pasamontañas tan solo me permite verle los ojos. Me estrecha la mano. Me explica que no puede hablar ante la cámara: “lo siento hermanito, no podemos hablar de las operaciones”. Me dice que nos podemos quedar allí, que puedo filmar el poblado y a su gente, pero que no puedo filmarlos a ellos. "Algo tarde", pienso, sonriendo para mis adentros. Finalmente llega una combi. Es hora de escapar de la locura que se ha instalado en Putis.

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