Caída la tarde, pasado Tsahir

29 de julio de 2008
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Relato de un día cualquiera viajando por la estepa

Un día más que muere en el horizonte de la estepa. Plantar la tienda en medio de esta inmensidad y sumirnos en el silencio de la noche constituyen uno de los mejores momentos del día. Y cuando recuperamos plena conciencia de que nos encontramos en Mongolia.

Conforme vamos avanzando kilómetros en el mapa más nos adentramos en tierra de nadie. Alejados de todo y de todos. Durante largos días, recorremos un paisaje que se repite sin cesar: interminables pistas que surcan la inhóspita estepa para subir y luego bajar pendientes donde los elementos parecen se hayan conjurado contra nosotros, donde abundan el barro y la arena y que luego conducen a nuevas interminables pistas…Así, la escena se repite una y otra vez. Día tras día. Haciéndonos pensar que estamos recorriendo el mismo paisaje en círculos.

Poco a poco los pueblos se van haciendo más escasos. Apenas nos cruzamos con nadie en las pistas que recorremos. Y nuestro paso cada vez pasa menos desapercibido entre las gentes del lugar. Los niños suelen salir corriendo desde sus gers al vernos pasar. Gritando. Saludándonos. Y pidiéndonos que paremos. Los habitantes de los pequeños pueblos que atravesamos se acercan a nosotros con curiosidad. Nos miran de arriba abajo. Observan nuestros mapas. Examinan nuestras bicicletas que les dejamos probar entre las risas de todos. Y nos suelen coser a preguntas que poco a poco vamos entendiendo por ser las mismas de siempre: ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? El contacto con la gente se va volviendo más intenso y cercano. Y nuestra impresión del carácter mongol va mejorando tras ciertas situaciones agresivas vividas en la capital.

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