Reencuentro con un ex-combatiente

13 de septiembre de 2010
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Estoy filmando bajo el arco de 28 de Julio, cuando alguien me dice: “conozco esa cara”. Es C.

Hace tiempo que no lo veo. Le cuento lo sucedido en Putis hace dos semanas. La llegada de los militares. Cómo tomaron el pueblo. El miedo de los pobladores que huían. “Ahora conoces mejor como eran nuestros tiempos. Eran tiempos duros”, me explica. En medio de la calle, entre la gente que pasa (incluso entre algún militar que pasa, ya que estamos muy cerca de un cuartel) C. vuelve a rememorar aquellos años. Me habla de cómo llegaban ellos a los pueblos. Visitaban casa por casa. Les planteaban a los comuneros su política. “Algunos huían a veces al vernos llegar”, reconoce, “éramos algo nuevo”. Muchos otros, en cambio, habían oído hablar de ellos y se quedaban.

C. me confirma unos hechos que ya había escuchado antes. En ocasiones, los militares se hacían pasar por senderistas. Llegaban a los pueblos ataviados con ponchos y entonando vivas del estilo: “¡Viva el Partido Comunista del Perú! ¡¨Viva la Guerra Popular! ¡Viva el Presidente Gonzalo!” Buscaban confundir al pueblo. Detectar a los simpatizantes de Sendero. Y arrestarlos. O, más bien, ejecutarlos. De la misma forma, los militares habrían perpetrado masacres y luego culpado a Sendero por ellas. Una de las particularidades que caracterizaba a Sendero era que ellos acostumbraban a reivindicar las muertes. Celebraban juicios populares. Colgaban carteles o dejaban mensajes justificando el motivo de la muerte. El mismo Guzmán no dudó en reconocer la salvaje masacre de Lucanamarca, donde asesinaron brutalmente a sesenta y nueve comuneros como represalia después de que mataran allí a un mando local de Sendero: “Respondimos con una acción devastadora: Lucanarmarca. Ni ellos ni nosotros lo hemos olvidado, es seguro, porque obtuvieron una respuesta que no imaginaron posible... Nuestra tarea fue asestar un golpe devastador... para hacerlos entender que no iba a ser fácil... El punto principal era hacerles entender que éramos una nuez dura de romper y que estábamos listos para todo”.

Todavía hay quienes sostienen que el ejército sigue empleando la misma táctica de culpar a Sendero por atentados o exagerar el alcance de las operaciones antisubversivas para justificar todo el despliegue militar en el VRAE (Valle de los Ríos Ene y Apurimac) y obtener más fondos para fines militares. Hay incluso quien va más lejos. Como el etnocacerista que acostumbra a dar sus mítines y feroces discursos en la plaza, quien afirma que Sendero no existe. Que Sendero es el gobierno.

Cuando le cuento a C. que planeo viajar a Uchuraccay pronto y entrevistarme con la viuda de uno de los ocho periodistas asesinados allí, me dice que no hay quien se crea la versión oficial de lo sucedido. Que es imposible que los comuneros confundieran las cámaras de los periodistas con armas. Y que los asesinaran creyendo que eran senderistas. Según esa misma versión, los militares les habrían dicho a los comuneros que ellos siempre llegarían al pueblo en helicóptero. Y que, por lo tanto, todo aquel que llegara por tierra era seguro senderista. Para C. es evidente que fueron los militares quienes asesinaron a los periodistas. “No querían que se conocieran los excesos que estaban cometiendo en la zona”, afirma.

Más de 20 años han pasado ya desde aquel entonces. Y C. ha pagado el precio por haber sido un combatiente. 25 años en la cárcel. Pasó por varias prisiones. Los penales de X., Y., y finalmente, Z. Algunos de sus compañeros llegaron a pisar hasta 6 cárceles diferentes. Con ello el gobierno pretendía dispersar a los presos senderistas y evitar que se volviera a producir un nuevo asalto a la cárcel local.

Le pregunto una curiosidad que me ronda por la cabeza desde hace tiempo. Si él cree que Guzmán hizo bien en declarar el acuerdo de paz desde la cárcel o si, por el contrario, cree que fue víctima de un engaño de Montesinos, como mantienen algunos. “Claro que hizo bien”, me contesta sin dudar un segundo. “Nuestros mejores mandos habían caído en la matanza de los penales. Ahora nosotros buscamos la amnistía”. La respuesta de C. era de esperar. Después de tanto tiempo, sigue siendo un seguidor acérrimo del Pensamiento Gonzalo.

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