Esperanza en el caso Uchuraccay

25 de septiembre de 2010
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Me reúno con Eudocia Reynoso, la viuda de Félix Gavilán, uno de los periodistas asesinados en Uchuraccay.

El curso del documental me conduce una vez más hasta Huanta. Disfruto del viaje hasta aquí. Atravieso el valle frondoso de Muyurina, los parajes desérticos de Wari. Diviso el obelisco de Quinua que se erige en la lejanía. Dejo errar la mirada por la cordillera que lo rodea todo. Me digo que la vida debe ser dura en poblados como Iguaín y Huamanguilla. Y finalmente tiemblo al pensar en las montañas de cadáveres que debieron yacer bajo el puente de Ayahuarcana, donde el alcalde de Huanta pretende se pinte un nuevo mural que recuerde a todas las víctimas cuyos cuerpos se arrojaron allí.

Me reúno con Eudocia Reynoso, la viuda de Félix Gavilán, uno de los periodistas asesinados en Uchuraccay. Entramos al Museo de la Memoria de Huanta. Me enseña las fotos de su marido y de sus compañeros dirigiéndose a Uchuraccay esa mañana. Y me cuenta su versión de lo sucedido.

Como sospechaba antes de conocerla, E. no cree en absoluto en la versión dada por los informes de la comisión investigadora liderada por Vargas Llosa y por la CVR. E. mantiene que Vargas Llosa nunca debió hacerse cargo de esa investigación. Que ese fue el gran error de su carrera. Insiste en que es imposible que los pobladores hubieran podido cometer la matanza. Que hubieran podido herir con sus piedras a la mayoría de los periodistas desde lo lejos y que hubieran dejado medio muertos a varios de ellos. Y menos aún que hubieran podido confundir sus cámaras con armas. “Los campesinos no son gente ignorante”, apunta. Además, tanto su marido como varios de los demás periodistas hablaban quechua. Así que no se trataba de unos periodistas venidos de Lima que no pudieron entenderse con los comuneros cuando tuvieron la oportunidad de hablar con ellos, como declaran los informes. Por último, E. recuerda que los cuerpos de los periodistas revelaban un golpe común en la nuca. Según las autopsias habrían muerto de traumatismo craneoencefálico. Cuando tiempo después consiguió ver el cuerpo embalsamado de su marido (los féretros habían sido sellados y no se les permitió a los familiares abrirlos en su momento) no presentaba signos de acuchillamiento ni fracturas. “Que raro que todos ellos murieran por el mismo traumatismo. Que desde lo lejos consiguieran acertarles a todos ellos con sus hondas detrás de la cabeza” se pregunta con cierta ironía. “Más bien da a pensar que les golpearon por detrás con la culata de un fusil”, concluye.

E. es otra mujer más que no está dispuesta a dejar la lucha por la verdad y la justicia. Ha presentado el caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos solicitando su reapertura. Si ello ocurre, si se ordena la exhumación y nuevas autopsias, es posible que después de 27 años la verdad emerja en el caso Uchuraccay.

Próxima estación: Uchuraccay.

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