Uchuraccay: 27 años más tarde

11 de octubre de 2010
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Viaje a Uchuraccay, pueblo arrasado durante el conflicto armado y que celebra hoy su día del retorno.

Pese a no haber sido reelegido en las últimas elecciones celebradas la semana pasada, el alcalde de Huanta finalmente ha cumplido su promesa de facilitarme transporte. Aunque esta vez no a Putis. Sino a Uchuraccay. Viajo con P., del Registro de Víctimas de Huanta, a quien entrevisté hace varias semanas. Tengo interés por conocer su punto de vista sobre lo sucedido a los ocho periodistas en Uchuraccay. Durante la entrevista, me comentó que mejor hablábamos del tema cuando estuviésemos allí. Pero de entrada las siglas EP (Ejército Peruano) tatuadas en su antebrazo me dan ya una pista de cuál va a ser su versión.

Las autoridades del poblado nos han pedido que les llevemos un balón de fútbol. Así que comenzamos el día a las seis de la mañana buscando una tienda abierta donde comprar uno. En el mercado lo encontramos y nos ponemos en marcha. Pero aquí las cosas nunca son tan fáciles. La ranchera empieza a dar tirones. Y poco tiempo más tarde el motor se detiene. En la gasolinera donde hemos repostado nos han echado diesel en lugar de gasolina…¿Fin del viaje?... No. De la misma manera que las cosas no suelen ser tan fáciles por aquí, una de las cosas buenas de Perú es que siempre se improvisa una solución. En Europa el viaje se hubiera cancelado. En cambio aquí, varias horas más tarde, el depósito se ha vaciado de diesel. Se ha limpiado el motor. Y se ha vuelto a llenar el depósito con gasolina. Listos de nuevo para salir.

Tomamos el camino de Culluchaca. Vuelvo a atravesar un paisaje familiar. El escenario se vuelve cada vez más desolador. Ascendemos por caminos de piedra y barro casi intransitables. Lentamente. Inmersos en la niebla. Recorremos el mismo camino que recorrieron los ocho periodistas aquel fatídico 26 de enero del 83. Me pregunto que sentirían. De qué hablarían. Seguramente no imaginarían que aquél iba a ser el último día de sus vidas. A lo lejos, en el horizonte, por fin unas casas. Uchuraccay. Estamos a 4.000 metros de altura.

Uchuraccay es una comunidad alto andina olvidada por casi todos. La escena recuerda a la de Putis hace algo más de un mes. Día del retorno. Hombres borrachos. Mujeres y niños quechua hablantes ataviados con colores vivos y recelosos de mi presencia. Niebla y frío. Orquesta de música. Partido de fútbol. Pero hay una gran diferencia. Por suerte hoy no aparecen los militares. La fiesta puede continuar en paz.

Bajamos hasta el antiguo poblado. Apenas queda el rastro de varias casas destruidas y abandonadas. Una cruz de piedra blanca recuerda el lugar donde fueron asesinados los periodistas. Estando aquí, cuesta creer que algo tan terrible pudiera suceder en un lugar tan aparentemente tranquilo y apacible. Y cuesta creer también la escena descrita por los informes oficiales. Trato de visualizarla. Efectivamente, hay unos montículos de piedra que se levantan por encima de la explanada desde donde los comuneros habrían podido sorprender a los periodistas con sus hondas. Pero también hay mucho espacio por donde correr y esconderse del ataque una vez hubieran caído las primeras piedras. En el pueblo la fiesta continúa ajena a este trágico episodio del pasado.

Por la noche, tomando un caldo junto al fuego, el presidente de la comunidad me cuenta la historia del poblado. Decidieron abandonarlo en el año 84. No podían seguir viviendo aquí. El ejercito o Sendero. Daba igual. Ambos eran implacables en sus incursiones. La población estaba siendo diezmada. Quemaron sus casas. En apenas un año, 135 de sus comuneros habían muerto. Él tenía 6 años en aquel año y, al igual que muchos de los demás comuneros, perdió a sus padres. “Por eso hoy apenas quedan mayores en el pueblo”, comenta. La mayor parte de la población se instaló en las cercanías de Tambo. Allí vivieron entre el 84 y el 94, año en el que empezaron a regresar a Uchuraccay. El nuevo poblado se fundó durante el gobierno de Fujimori como medida de reparación colectiva. Ahora tratan de salir adelante y de convertirse en distrito para tener acceso a una mejor educación y a otros servicios e infraestructuras.

Al día siguiente, los partidos de fútbol prosiguen, la música suena cada vez más desafinada y aquellos que estaban borrachos ayer hoy apenas se tienen en pie. Por la tarde, la comunidad desciende hasta la explanada de la cruz. Allí no se rinde hoy homenaje a los periodistas (circunstancia reservada para el 26 de enero) sino que se suelta a un toro. Algunos niños corren de un lado a otro tratando de llamar su atención. Otros se encaraman en lo alto de la cruz. El único que se atreve a plantarle cara al toro es P. Segundos más tarde recibe una embestida y rueda por el suelo. Repuesto de la embestida, decido saciar mi curiosidad y le pregunto por el caso de los periodistas. Se ciñe a la versión oficial de los hechos. Sabía que esa sería su respuesta.

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