Para que no se repita (testimonios del sufrimiento II)

20 de octubre de 2010
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¿Por qué rememorar todo este sufrimiento?

En ocasiones lo que buscamos está ante nuestros propios ojos. Tan cerca que no lo vemos. Es cuestión de detenernos. De reenfocar nuestra mirada. Y el objeto de nuestra búsqueda aparecerá ante nosotros.

En Ayacucho, en cuanto uno conoce a alguien y profundiza se encuentra con que todos tienen una historia que contar sobre el conflicto. Una historia personal y a la vez colectiva. Aunque siempre terrible. Muchos han sufrido el conflicto en su propia carne. Sus padres, hermanos, familiares… están muertos o desaparecidos (a estas alturas las dos cosas vienen a ser lo mismo). Este tipo de historias se repite sin cesar. Como en una espiral diabólica.

Pese a conocerlo desde hace ya más de cinco meses, no ha sido hasta hoy cuando he conocido la historia personal de M. Se remonta a los días en los que era maestro en Huancapi. Y me cuenta su historia, que por momentos parece sacada de una película, o ser el recuerdo de una terrible pesadilla: como fue un día a visitar con su hermana pequeña a su madre al pueblo y por el camino le llovieron balas. Como tuvieron que caminar por encima de cadáveres que estaban siendo devorados por perros. Como asesinaron a sus amigos de pensión un día en el que salieron de excursión en camioneta. Como arrestaron y luego ejecutaron a otros compañeros suyos que estaban preparando su candidatura para presentarse como partido en las elecciones locales. Como el hambre le salvó en esa ocasión ya que había vuelto a casa antes del arresto a comer algo. Y como consiguió escapar por tercera vez de una muerte segura el día en el que celebraban el aniversario de su colegio: Llegaron los militares. Pusieron a todos en fila. Uno a uno los interrogaron. Y como su apellido era el mismo que el de un conocido senderista se lo llevaron al cuartel (casualmente, un poblador de Ccaccas me contaba el otro día borracho y jactándose que tiempo después habían capturado en su pueblo a ese mando senderista, que le cortaron la cabeza y que se la llevaron como trofeo en helicóptero a Lima). En el cuartel siguieron interrogando a M. “Me golpearon duro”, recuerda. Y finalmente lo arrojaron por un precipicio dentro de un saco. Por suerte, el saco se abrió en la caída y él quedó atrapado entre los matorrales. De allí, en plena noche, cubierto de barro y sangre, consiguió meterse por una tubería de desagüe y luego bordeó el río hasta llegar a su pensión. Esa misma noche se marchó para siempre de la ciudad.

M. me sigue contando la historia de la desaparición de su padre. Las lágrimas le brillan en los ojos tras sus gafas de muchas dioptrías. Su padre también era presidente de su comunidad. Le acusaron de dar cobijo a los senderistas y se lo llevaron. Su madre y su hermana los siguieron y a punto estuvieron de perder la vida en el intento. Las detuvieron. Las encerraron dentro de una casa. Y le prendieron fuego con ellas dentro. Por suerte, consiguieron derribar una parte del muro y escapar. Luego les dijeron que se habían llevado a su marido al cuartel de Ayacucho. De nuevo el mismo pretexto para deshacerse de los familiares de los detenidos y ocultarles la verdad. Esa verdad era que el padre de M. había sido ejecutado ya. Lo habían colgado. Le habían cortado las orejas. Y luego dinamitaron su cuerpo junto con el de otras personas para borrar cualquier rastro. Sus zapatos y unos jirones de su ropa fueron los únicos restos que encontraron. Corría el año 84. “La vida no tenía valor en aquel entonces” insiste M. “Daba igual que fueras maestro, presidente de una comunidad o ingeniero. Esos tiempos eran tranca” (muy difíciles), concluye.

Estas historias, esta tristeza sigue pesando sobre la población de Ayacucho como una losa. Ha marcado su imaginario colectivo. La mayoría de nosotros en la sociedad occidental, sobre todo las generaciones más jóvenes, no podemos siquiera imaginar que algo así haya podido suceder (o más bien, tratamos de ignorar que algo así haya podido suceder y pueda seguir sucediendo). Por lo general, tenemos suerte. No sabemos lo que es ver morir a nuestros padres, hermanos o amigos. No hemos visto cadáveres apilados en charcos de sangre. Mutilados. Siendo devorados por perros. No hemos temido por nuestras vidas por el simple hecho de salir a la calle tras las seis de la tarde o cuando se declaraba un paro armado. No conocemos el rugir de una ametralladora. El silbido de una bala que te roza la cabeza. No hemos sufrido salvajes torturas. Por mucho que nos cuenten este tipo de historias en una película, en un libro o en un blog como éste, nunca conseguiremos hacernos una idea verdadera de lo que estas personas han sufrido. De sus traumas. Lo cierto es que solemos carecer de capacidad empática.

Pero estas historias no son el argumento de ninguna película. No hay literatura en ellas. Hay quienes echan de menos una mayor dosis de subjetividad en este cuaderno. Me preguntan como se siente uno ante todo esto…Pues bien. No sé cuantos testimonios habré recogido hasta ahora. Cuantas terribles historias habré escuchado ya. Pero, cada vez que presencio estos relatos, siento que un escalofrío me recorre la espina dorsal. Que la sangre se me hiela. En ocasiones, me dan ganas de apagar la cámara. De dejar de filmar. Evitar que esa persona rememore su sufrimiento. Y ponerme a llorar con ella. Y con todo, sé que incluso en un momento así no consigo imaginar realmente lo que esa persona ha sufrido. Mi mente es incapaz de recrear semejante horror en toda su dimensión. Que estoy atrapado en un espejo de la realidad. Que soy ajeno a ella y al mismo tiempo siento reflejado su dolor en mi .

¿Por qué querer profundizar entonces en algo así? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿No estaría más cómodo en mi vida occidental? ¿Lejos de todo este sufrimiento? Confieso que en ocasiones me hago estas preguntas. Pero en el fondo tengo clara la respuesta. Para algunas de las personas que me ofrecen sus testimonios, parece que hablar ante la cámara resulta una suerte de terapia. Que tratan de canalizar algo casi imposible de asimilar. Que exorcizan los demonios de la memoria. Quieren que sus historias se conozcan. Que no se olviden. Para que algo así no vuelva a repetirse nunca.

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